Caliginoso.

Nos quedamos dormidas a los pocos minutos. Me levanté a las siete en punto. La figura arrugada de mamá todavía se podía apreciar en las sábanas. Las palpé. Ya estaban frías. Me dirigí a la ventana. El cielo estaba todavía oscuro. Los cristales congelados y la escarcha del frío de la noche incrustada en cada hueco de la casa. Abrí la ventana. La vi a ella abrir la puerta, con una maleta pequeña en la mano y con las llaves en la otra. Entró en el coche y se me quedó mirando unos segundos. Entornó los ojos y arrancó. Observé como las  luces del coche se iban alejando por las calles de charol. Paró en un semáforo. Tuve la remota ilusión de que hubiera podido arrepentirse. Se puso en verde. No dejé de mirar hasta que mis ojos miopes dejaron de alcanzarle. Miré hacía abajo. Me incliné con recelo sobre la ventana. A ella no la volví a ver. Y a mí tampoco.

Elisa P. 

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Veintitres.

Hoy he estado pensando en ti y en la gente que se va; desaparecen sin más, dejando la estela de un recuerdo que cada día se va haciendo un poco más inconsistente, vago y absurdo. Un surco profundo que debemos ir repasando para que no termine por borrarse. Creo que por eso a todos nos encanta hablar de ti. Las personas se van y no vuelven, como una ola incoherente que se escapa del mar. Puedo recordar tu voz, pero me cuesta aceptar que ya nunca volveré a oírla. Me encantaría ver como estás ahora, verte un poco más viejo; para mí ya siempre tendrás los mismos años y el mismo corte de pelo.

Elisa Pelayo. 

El miedo a los fantasmas.

Muchos son los artistas que se encontraron encerrados en el desconsuelo, la desesperación, la desmoralización y el derrotismo tras un fracaso en el amor. Solos ante la adversidad, ante un tropiezo en el camino de ese complicado mundo que es “el amar”. Safo de Lesbos, la primera mujer poeta que se registra en la cultura occidental, se suicidó por mal de amores. El rechazo de un hombre propició su decisión de tirarse al mar. “Eros que paraliza los miembros, esa serpiente que otra vez me intranquiliza… dulce, amarga e invencible”; podemos leer en sus versos, en los que concibe el amor como algo maligno, terrible.

Antes de comenzar a escribir, entendía el suicidio por amor como una auténtica utopía, una innegable idealización que sólo podía tener cabida en la ficción; en los versos teatrales de Shakespeare o en las cartas del joven Werther de Goethe.

Son trece las veces en las que William Shakespeare recurre al suicidio: en “Hamlet”, Ofelia reacciona con la locura y el suicidio a un desengaño amoroso en realidad falso; y en “Romeo y Julieta” ambos protagonistas dan fin a su vida reticentes a aceptar que su romance es imposible.

También el séptimo arte refleja la decepción del enamorado y su afán de concluir con la vida. Lo vemos en “Esplendor en la hierba”, película en la que la protagonista, interpretada por Natalie Wood, intenta suicidarse al ser separada de su novio, después de sufrir ella un brote de locura. En “Ana Karenina”, basada en la magnífica novela de Leon Tolstoi, Ana, interpretada por Greta Garbo, se lanza a las vías del tren después de descubrir los amoríos de su esposo.

Yo pensaba que, si el suicidio por amor no sólo formaba parte de la ficción, sería ya cosa del pasado, de un tiempo en el que el ser humano estaba ávido de sentir y era capaz de cualquier cosa con tal de llevar a cabo una vida intensa, con una actitud entusiasta ante el mundo y asegurándose de vivir cada instante, cada mínimo suceso impetuosamente.

Sin embargo, escarbando un poco a lo largo de la historia, me he percatado de que esto no es así. En 2011 el suicidio se situaba como la primera causa externa de defunción y, si dedicamos una mirada expectante y observadora a la historia, advertiremos que son muchos los casos en los que el amor fue el detonante de un suicidio: El actor Charles Boyer se quitó la vida con barbitúricos tras las muerte de su esposa; los últimos escritos que Cesare Pavese nos legó tras su suicidio estaban dedicados a la mujer a la que amaba y que le negó matrimonio; los rumores dicen que Brian Eipstein, manager de los Beatles, se suicidó hallándose perdidamente enamorado de John Lennon; un desengaño amoroso con Dolores Armijo sirvió de inspiración al archiconocido escritor español Mariano José Larra para muchas de sus obras, y su frustración provocó que se pegara un tiro en la sien; la decepción tras enamorarse de una mujer llamada Úrsula fue uno de los móviles que llevó a Van Gogh a quitarse la vida; especial mención merece el suicidio de Maria Polydouri como resultado de su desmedida y sufridora pasión hacia un hombre, del que escribe “Hombre al que amo a pesar de su sífilis y de tener acaso otro amor en la cabeza”; y son muchos los que atribuyen la misteriosa muerte de Marilyn Monroe a la decisión de Kennedy de terminar con su romance.

Todos estos casos populares guardan un punto en común: se trata de artistas, virtuosos, por encima de todo, del sentir hasta límites insospechados. El suicidio entendido como la conclusión lógica del artista incomprendido, que ha caído en la más cruenta y desesperada de las impotencias, que es más transgresor que el común de las personas, que está menos sujeto al condicionamiento social y que, en definitiva, hace lo que otros no harían: morir por amor.

La religión católica introdujo la estremecedora idea de que el suicidio es un pecado que termina pagándose con el Infierno y el Corán afirma que los ángeles castigarán al suicida. Sólo este argumento me hace refutar inflexiblemente la idea defendida por Vicente Verdú de “El fin del yo que le debía mantener a salvo de todos los miedos”. La mera incertidumbre de si este castigo católico es veraz o no es capaz de engendrar en el alma el mayor de los terrores, el pavor a la condenación eterna, a una perpetuidad infeliz.

Si, por el contrario, decidiéramos esperar a la muerte, no provocarla, sino aguardar anhelantes su llegada, desmantelaríamos este miedo a las llamas satánicas. Este es el procedimiento que siguió Jesucristo para dar término a su existencia y que, he de decir, aclarando rigurosamente que no es mi intención ofender a ningún lector, me parece demasiado cobarde y pasiva para ser encarnada por el que la sociedad califica como “el gran sufridor que se sacrificó por nosotros”.

Aún así, todavía se me ocurre otro miedo en el que, me apostaría un brazo, ateos y agnósticos ya han caído: ¿Qué nos espera después de la muerte? Yo imagino un silencio escalofriante. La nada. Un vacío que no es nada, que no tiene color.

No puedo más que rebatir esa hipótesis en la que “el dejarse morir”, el suicidio, o cualquier idea semejante, se ensalzan como las grandes destructoras de nuestros miedos y como la fórmula para superar la adversidad y el dolor. ¿Qué miedo hay más imponente y atroz que la propia muerte? Cualquier temor radica en el recelo que la muerte dimana. El hambre, la ruina, la soledad o el fracaso son, a mi modo de ver, miedo a morir hambriento, miedo a morir arruinado, miedo a morir solo, miedo a morir siendo un fracasado. Reveses que puede darnos o no la vida y cuyo desasosiego se arraiga en el miedo a la muerte.

Así, no entiendo el suicidio o “el dejarse morir” como un destructor de los miedos, si no como un creador de ellos. Es, por eso mismo, que concibo a todas esas personas que se enfrentan a la muerte conscientemente, de una u otra manera, como seres absolutamente valerosos y denodados, cuya entereza es digna, quizás no de imitar, pero sí de admirar. Admiración y, a un mismo tiempo, compasión. El mero hecho de tratar de figurarme cómo puede ser un sufrimiento tal que obligue a alguien a decidir morir, me fuerza a mí a tornar mi rostro a un gesto compungido.

Me siento estúpida. Un ente ínfimo en el arte de sentir. Un ser cobarde, intimidado, que poco a poco ha ido creando un fuerte temor a quedarse a solas consigo misma, a conocerse. Es mucho más sencillo dedicar la mitad de nuestro tiempo a actividades ridículas e incontundentes y la otra mitad a tejer tapices de farsas para evitar descubrirnos. Qué miedo a encontrar fantasmas. Qué miedo a anhelar yo también la oscuridad.

Me gustaría finalizar así: “No más amaneceres ni costumbres, no más luz, no más oficios, no más instantes. Sólo tierra, tierra en los ojos”; un verso de María Mercedes Carraza (Ella se arrebató la vida con whisky y pastillas).

Elisa Pelayo.

Dije que nunca más.

No más proverbios que pesen duro en la conciencia. No más buscar porqués a lo insondable. No más luchar por tener toda la culpa. No más espejos. No más manos convictas comiendo palmeras y bollos. No más arremeter contra la báscula. No más arcadas ahogadas en silencio. No más dedos untados en vómitos cautelosos y discretos. No más odiarme a mí misma. Nunca más. Lo escribí por primera vez en mi diario a los trece años. Mis padres lo escribieron en mi epitafio el día que cumplía los veintiuno.

Elisa Pelayo. 

Los ojos también tienen hambre.

El encargo acaba de llegar. El olor a cítricos maduros y a fruta primaveral recién importada impregna el establecimiento del barrio. Los vecinos rondan avizores impulsados por su olfato intuitivo. Los más curiosos y vehementes no pueden evitar arrimar su nariz para inhalar la emanación fragaria. Deliciosa. Los menos atrevidos se limitan a disfrutar del efluvio de decenas de peras frescas desdibujado por el olor a pino de las cajas de madera. El calor estival genera cierta efervescencia entre la muchedumbre, que va y viene, pasa una y otra vez ante la tienda y observa con ansia las frutas.

El frutero destila agotamiento y calorina por cada poro de su cuerpo, pero sus brazos consiguen sacar fuerzas para levantar las cajas y ordenar tantísimas frutas en sus respectivas secciones. Se detiene abrumado por la sensación de una mirada clavándose en su espalda. Se vuelve y encuentra los ojos acechores. Grandes, redondos, el iris membranoso, frágil, casi roto, color miel miseria. El frutero abandona sus ojos para dirigir el foco de atención hacia el cuerpo de su dueña. Es pequeña y flaca. Los harapos gastados le penden del cuello dejando entrever una clavícula huesuda. Las piernas están curtidas por un pellejo deshidratado que apenas tiene fuerzas para caminar más. Las mejillas hondas de hambre. De nuevo, el frutero dirige el epicentro a los ojos de la niña. Desazonados, huelen a hambre. El frutero se da la vuelta conmovido y, cuando vuelve la mirada a la niña con las manos llenas de fresas para regalarle, ella ya no está.

El frutero decide volver a su trabajo. Se detiene absorto. Las cajas de mangos han vuelto a desaparecer. ¡De nuevo! Empieza a dar patadas a diestro y siniestro maldiciendo a aquel que se ha decidido a arruinar su negocio. Por un momento se pregunta si habrá sido la muchacha de los ojos famélicos. Imposible. Su escualidez no le permitiría cargar tanto peso.

La duda de quién será el ladrón reincidente no deja de rondarle durante toda la jornada. Ya de noche, la almohada fustiga sus sueños con hipótesis acusatorias sin argumento. El señor Cornwell… O la señorita Margaret… Los hijos de los Thompson, quizás. El frutero se yergue abrumado bien entrada la madrugada, como quien acaba de tener una pesadilla de esas que terminan arrojándole a uno por un barranco. Inspira fuerte y medita con el objetivo de enterrar todas esas conjeturas infundadas que no llevan a ninguna parte.

A la mañana siguiente el frutero se levanta más temprano que nunca. Las calles son un silencio pasajero. Entra en la tienda muy deprisa y se asegura de que todas las persianas estén bien bajadas, eliminando la posibilidad de que cualquier pupila cotilla se disponga a espiar. El frutero vacía las cajas con los mangos frescos traídos el día anterior. Los guarda en la despensa, bien a salvo, y en su lugar coloca unos mangos deslucidos y ajados por el paso de los días, (estos habían sido retirados porque no se encontraban en buen estado).

La punta de un pincel mojada en barniz retoca con mimo los mangos para darles brillo hasta que se oye abrirse la primera ventana del barrio. El frutero se sobresalta. Recoge diligente sus utensilios artísticos, perfuma los mangos con fragancias frutales y coloca el cartel de “abierto” en la puerta de entrada.

Los rayos matutinos del sol, poco a poco, van atravesando la cristalera de la frutería. Al compás, los vecinos y moradores también entran en la tienda. El frutero decide desentenderse de su clientela para que el hurto se produzca sin dificultad. Echa una última mirada a la caja de mangos. “Han quedado perfectos, frescos, parecen recién recolectados”-piensa. Abandona el interés por su creación y decide limitarse a observar por el ventanal cómo sus vecinos pasean sus bolsas de compra a través de la plaza del mercado. Sin embargo, las manos sujetando macutos llenos de víveres apetecibles no son tantos como las que el frutero esperaba. Abundan en mayor cantidad los ojos miserables como los del día anterior, las manos huesudas, vacías y perdidas entre tanta sinrazón.

“Tanta pobreza…No puedo culparles. No puedo castigarles por robar unas cuantas cajas de fruta”- compadeciéndose, el frutero se vuelve para retirar la caja de mangos pasados; pero ha desaparecido. El pobre hombre mira a un lado y a otro desesperado. Ni rastro. Sólo quedaba esperar.

Una noche más en vela. La almohada ejerce esta vez el papel de una conciencia demoníaca que le imputa de inhumano y cruel. Abandona la cama a las siete de la mañana con la decisión firme de no abrir la tienda aquel día. Lava con dureza su rostro y sale de la casa. Sus pies caminan solos, pero no saben a dónde ir. Detiene su camino sin rumbo para comprar el periódico. De pie, mira la portada. Sus ojos macilentos y trasojados, perdidos entre unas ojeras negruzcas, leen atónitos: “El Alcalde ingresado la pasada noche por ingesta de mangos en mal estado”.

No son precisamente los más desesperados los que ahondan sus manos en aquello que no es suyo. Gran avaricia, ¿hasta dónde llegarás? Los fruteros ya saben a quiénes han de vigilar.

Elisa Pelayo.

La palabra indiscreta.

Considero La ventana indiscreta, como amante hitchcockiana declarada, la obra idónea sobre la que hacer madurar mis impresiones acerca de estos escaparates virtuales que los blogs constituyen, y que el mío propio constituirá con esta primera entrada que creo.

La literatura, y en el fondo cualquier tipo de arte es, a fin de cuentas, un reflejo de su autor- ya sea una parte mínima o total- siempre hay algo en una obra de su propio creador. Hay algo de sus miedos, de sus vicios, de lo que odian, de lo que quieren, de su ideología, de su religión, de crítica o alabanza a la sociedad en la que viven, de lo que añoran, de lo que recuerdan y, sobre todo, de experiencia. Todo lo que somos, y lo que creamos, parte de la experiencia y del recuerdo. Por ello, cualquier manifestación artística, o no artística pero que lo intenta, como es mi caso, se tiñe de uno mismo y consagra ese escaparate abierto al interior del autor del que hablaba antes.

De la misma forma que el personaje de James Stewart espiaba a sus vecinos a través de su ventana, los blogs (y también las redes sociales y todos los medios digitales de última moda que incitan a compartir cada recoveco de nuestras vidas; pero ese ya es otro tema) ofrecen un ejemplar ejercicio de voyeurismo semejante al propuesto por el director inglés en La ventana indiscreta. Es, al fin y al cabo, una brillante obra sobre la curiosidad humana obsesiva y sobre el placer del voyeur de ver sin ser visto, que ha encontrado su cumbre de desarrollo y generalización en nuestros días.

Pero hay algo que me diferencia, a mí y a todos los internautas, de esos vecinos mirados sin saberlo. Nosotros sí lo sabemos. Yo lo sé. Sé que algún navegante perdido se topará por casualidad con mis palabras. Y mi palabra será indiscreta; porque ni soy sensata, ni tengo tacto, ni soy ingeniosa, ni reservada, ni prudente, ni circunspecta, ni ninguna de las palabras que definen la “discreción” en el diccionario. Pero tampoco quiero serlo.

Elisa Pelayo.

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