Los gritos perdidos.

Gritos espirantes ahogados en conflictos políticos e ideológicos, fuegos graneados y estruendosos que instigan a taparse el rostro y a temer mirar, golpes ametralladores descargándose contra unos y otros, carteras y bolsillos vacíos y miserables, hambre y sed extenuante e in crescendo, defunciones sin derecho a oración, rezos o llantos. Todo visto por ojos analíticos que buscan destapar ese universo hostil, ubicarnos ante lo que pasa al otro lado de los grandes rascacielos, del capitalismo y de los problemas triviales e insípidos que suelen colmar el primer mundo.

Ramón Lobo es uno de esos pocos que han decidido entregar su mirada, su puño y letra, y su razón de ser a esa humanidad que anhela desesperada que la lid llegue a su fin. Viajes a la guerra que nos huelen a periódico en lugar de a sangre, humo, hambruna y sed.

Es difícil, muy difícil hacer entender lo que allí pasa; imposible mudar de piel para poder sentir su sufrimiento. En un intento de que lectores aclimatados en su realidad inalterable y acomodada, como yo, nos acerquemos unos centímetros más a esa contienda oscura y fría, a ese olor a guerra, Ramón Lobo traslada al papel historias que, a pesar de escabrosas y ásperas, necesitan ser contadas.

“El bebé está malherido. La misma metralla que quebró a su madre le alcanzó un glúteo, la cadera y una pierna. Está envuelto en gasas que le cubren de cintura para abajo (…) Tiene un lloro agónico, de hambre. Nadie sabe cuánto pesa. La piel se le arruga en la espalda y en los brazos. El bebé está anémico, necesita mucho suero, medicinas y alimentos (…) el bebé murió ayer por la mañana. La ayuda de Unicef nunca llegó”; escribe Ramón Lobo en su reportaje “Boy’, sólo nueve días de vida en el caos de Freetown”.

Los párpados se tapian, los oídos se obstruyen. No quiero saber más. Y es que, una prefiere no conocer una verdad tan dura. Pero ha llegado un punto en el que la mordacidad para contar se ha hecho indispensable. Los dos lados de la moneda han de ser revelados; esa cruz oscura que no queremos ver. Cada palabra que conforma una noticia bélica, sea cual sea su género periodístico formal, es una llamada de atención a las miradas ignorantes, debido a su inconsciente paz y estabilidad, de lo que una guerra constituye. Una llamada de atención al dolor y una denuncia a la maldad, al egoísmo y a la corrupción también. Porque, al final, la corrupción, el fanatismo, la intransigencia y la manipulación se erigen como los grandes pilares que originan la guerra y se aseguran de hacerla crecer.

Ramón Lobo denuncia la manipulación religiosa en su reportaje “Un infierno en nombre de Dios”, sobre una matanza ocasionada en Uganda de la que se responsabiliza a la secta de Restauración de los Diez Mandamientos. En “Boy, sólo nueve días de vida en el caos de Freetown”, también dedica el periodista algunas palabras a la corrupción. Sin embargo, muy para mi sorpresa, acostumbrada a conectar corrupción y política como un “sota, caballo y rey”, siameses inseparables; esta vez el soborno se hallaba relacionado con integrantes o intermediadores de Unicef. El egoísmo ya no tiene fronteras en un mundo en el que, como dice Lobo, las medicinas son como diamantes. Un arma bélica por el que muchos están dispuestos a matar.

Ramón Lobo es uno de esos periodistas que dan una relevancia vital al espacio, es decir, a conocer el ambiente, el lugar donde se origina aquello de lo que se va a hablar. Esta consideración absolutamente trascendente del espacio es comprendida al leer las primeras líneas de sus trabajos. “Limpieza étnica a la croata” comienza así: “Vitez, Ahnici o Donja Vecemiska son sinónimos del infierno. Su silueta es fantasmal: centenares de casas incendiadas, hombres, mujeres y niños carbonizados en sus propias viviendas, mezquitas destruidas, animales tiroteados como si pudiesen ser testigos de algo, cementerios desacralizados…”.

Elabora un lenguaje cautivador y sumamente descriptivo y sensitivo, que nos obliga a adentrarnos en el lugar con el fin de comprender un poco mejor qué es lo que está pasando y llevar a cabo una identificación con el acontecimiento en sí mismo y todos sus aspectos. Letra a letra, puedo sentir la mirada del periodista desplazándose de un lado a otro curiosa, ansiosa y entusiasta, ávida de sentir, de conocer, de contar, de informar. El encanto y pasión que transmiten las palabras de Lobo, llevan a intuir un arraigado y consolidado involucramiento en su oficio y un gran disfrute del arte de informar. La profesión del corresponsal es absolutamente vocacional; por el tiempo, energía, entusiasmo y valor que requiere. En cuanto al valor y al peligro, considero que es muy complicado saber dónde debe el corresponsal colocar sus límites o cuándo ha de decidir no arriesgar; pero hay que hacerlo.

Según un estudio del diario EL MUNDO, desde 1980 y hasta 2004 fallecieron hasta nueve corresponsales españoles en la contienda: el sacerdote y periodista Luis Espinal en Bolivia, el fotógrafo español del diario El País Juan Antonio Rodríguez en Panamá, el fotógrafo Jordi Pujol Puente en Sarajevo, el fotógrafo de la Agencia Cover Luis Valtueña en Ruanda, el cámara televisivo Miguel Gil Moreno en Sierra Leona, el enviado especial a Afganistán del diario EL MUNDO Julio Fuentes, el corresponsal del diario EL MUNDO Julio A. Parrado en la guerra de Irak, el cámara de Telecinco José Couso en Irak y el periodista de Antena 3 Ricardo Ortega en Haití.

Estos datos estremecedores reflejan el riesgo que conlleva la profesión de corresponsal. Si el reporterismo de guerra ya es una profesión de suma dureza por lo que implica ser testigo de tanta tragedia, hacerse consciente de que nuestras dificultades para llegar a fin de mes o una disputa con nuestra pareja son una grandiosa porquería, descubrir lo que es el dolor, lo que es un llanto desesperado, un grito agónico, asesinatos injustificados de víctimas sin nombre ni relevancia para el mundo… Si ser corresponsal ya es duro por todo eso, lo es mucho más si tenemos en cuenta el peligro al que éste se somete. Es una profesión que hay que amar.

Mayte Carrasco decía en una entrevista para laopinióncoruña.es que la guerra se ha convertido en un espectáculo. “Los periodistas van allí cuando cae la primera bomba y se van cuando cae la última. Los freelance tenemos la libertad de ir cuando queremos y escoger el país al que queremos ir porque hay un conflicto que se ha olvidado. Pero ya no se mandan periodistas al terreno a hacer información veraz. El corresponsal y el enviado especial son especies en extinción”.

Cada vez son menos, y es nuestro deber valorar el trabajo de esos pocos, valorar que nos cuenten la verdad, que se nos muestre ese escondite sombrío en el que ningún niño se ocultaría para jugar. El reporterismo de guerra. Retales de un mundo sacado de pesadillas que nos gusta pensar que no existen, donde la muerte se hace verbo presente a cada segundo, donde imagino estar viendo el ceño ensangrentado de un hombre que se encuentra desnudo ante tanta adversidad, tremolando de miedo y autocompasión por una suerte tan despiadada, perdiéndose sus alaridos sin nombre entre los escombros y la acritud más podrida.

Elisa Pelayo.

Elisa.

Descubrir que un mundo de hadas es cierto no es gran cosa cuando eres un niño. Hacerlo en plena madurez resulta, al menos, un impacto en zona prohibida por la edad.  Un mundo repleto de colores nunca vistos o de animalillos de orejas enormes revoloteando alrededor de ti sólo se descubre si existe alguien como ella. Mirada tierna, un hilo de voz que queda entre los dedos propios a la espera, la inocencia del afán por hacer real lo imposible, miedos al horizonte marcado que compromete como con tu propia sangre. Va y viene pidiendo ser pero no a costa de su mundo. Reclama la atención de lo viejo para partir de lo nuevo. Enseña que el tiempo pasa aunque todo queda.

 

Gabriel Ramírez Lozano.

Gabi

 

ANÁLISIS “PROFUNDIDAD” DE SYLVIA PLATH

La corriente en la que se inserta la autora del poema a analizar es la de la poesía confesional. La poesía confesional, también denominada en algunas ocasiones “poesía sucia”, es una corriente poética que surgió en Estados Unidos en la década de los 50 y 60. Es una poesía muy personal o del “yo”. El contenido de los poemas es, por lo tanto, eminentemente autobiográfico y, tal y como ocurre en el caso de Sylvia Plath, supone la introducción profunda en una serie de materias que eran consideradas tabú en la época; como las enfermedades mentales, la sexualidad, la desesperanza o el suicidio.

La poesía confesional tiene, así, un cariz psicobiográfico, y considero necesario reflexionar sobre la obra de Sylvia Plath siempre en relación con su vida, partiendo de la premisa de que, hasta cierto punto, todos escribimos a partir de las propias experiencias, es decir, la literatura y la existencia se entrecruzan; y en el caso de Sylvia Plath, quien no puede desligarse en sus obras de su atormentada existencia, todavía más.

Importante, en este sentido, es tener en cuenta la muerte de su padre cuando ella sólo contaba con nueve años. Este hecho le afectó de manera crucial y la figura paterna sobrevuela en muchos de sus versos (como es el caso de éste que he de analizar y que contiene evidentes alusiones); le obsesiona, le hace sentirse dependiente y victimizada, el hecho de no conocerle le provoca dolor, siente al muerto aún vivo dentro de sí y mantiene la posibilidad de reunirse con él, concibiendo la muerte como algo menos terrible.

Estéticamente, la poesía de Sylvia Plath es sumamente plástica, está llena de imágenes y de símbolos que tienden a repetirse, como es el propio mar en el que tanto incide la autora en este poema o el color blanco que reaparece una y otra vez a lo largo del texto, y que tantos significados subyacentes guardan.

En cuanto a la métrica de la versión traducida al castellano del poema Profundidad, Sylvia Plath utiliza tercetos encadenados. Es decir, estrofas formadas por tres versos de once sílabas cada uno. Emplea a lo largo de todo el poema el recurso del encabalgamiento, mediante el cual las construcciones sintácticas no terminan en el verso en el que empiezan sino que continúan en el siguiente: /[…] ábrense los haces, radiales tentáculos/ de tu cabellera, en cuyas madejas/ añudadas, presas, persiste el hallazgo/. En lo que se refiere a la rima, es ligera, suelta, casi inapreciable para el oído, poco ostentosa y sigue la siguiente estructura: 11A, 11B, 11A/ 11B, 11C, 11B/ 11C, 11D, 11C/; y así sucesivamente. Por otra parte y a pesar de que no tengo los conocimientos necesarios sobre métrica y rima inglesa, me arriesgaré a analizar la rima de la versión original, que considero más interesante que la traducida. En ocasiones hay rima consonante como es el caso de /skeins/ origins/ mountains/, y en otros, un tipo de rima que, aunque no respeta la última sílaba completa, también se denominaría consonante puesto que se repiten distintos grupos consonánticos, como /coming/ flung/ long/.

Para proceder al análisis del poema, estimo de vital importancia subrayar la importancia que el mar (escenario en el que se desarrolla el poema) tiene para Plath. La propia autora afirma que sus primeros recuerdos son marinos y declara: “Cuando estaba aprendiendo a nadar mi madre me dejó un día en la playa y, sin más, fui a rastras, derecha, hacia una ola, y mi madre me cogió cuando ya estaba yo dentro”. En un inicio, Plath empezó a coleccionar todos los objetos que la marea dejaba en la arena, más tarde, la imagen del mar es plasmada en sus poemas dándole distintos significados, como por ejemplo, representando con él a su padre enérgico, que le causaba miedo. El mar se convirtió en su refugio y formó parte importante de su obra literaria, de la misma forma que la muerte. Por otra parte, fue testigo del tremendo huracán del 21 de septiembre de 1938, que devastó la costa y dejó huella duradera en sus poemas, donde el mar es generalmente hostil, a veces masculino, y al que relaciona con su padre, a quien odiaba y amaba. Las numerosas referencias al mar se refuerzan por el hecho de que, al mismo tiempo que componía el poema, la autora estaba leyendo uno de los libros de Cousteau sobre el mundo submarino, alternando lectura y escritura.

El título del poema Profundidad procede de un verso de La tempestad de Shakespeare, y, concretamente, de uno de los pasajes que recita Ariel: A cinco brazas de profundidad. Plath, siendo pequeña, fue a ver la obra de teatro y le marcó de forma decisiva. El poema dice: /A cinco brazas de profundidad yace tu padre;/ Con sus huesos se hicieron los corales,/ Y esas perlas que ves fueron sus ojos./ No hay nada suyo que se desvaneciera./ Al contrario: el mar lo transformó todo/ En algo lujoso y extraño/. Se puede ver, así, una gran relación con el poema de Sylvia Plath, que en su primer verso habla de cómo su padre sale a la superficie, es decir, yace, muerto, en esa profundidad de la que nos habla Shakespeare en La tempestad (/A cinco brazas de profundidad yace tu padre;/). Esencial también es el verso /No hay nada suyo que se desvaneciera./, pues, en el caso de Plath, su padre no ha desaparecido de su mente, persiste ahí, en su recuerdo, y lo siente como a un vivo. De hecho, en el poema, Ariel (quien canta esta canción) está burlándose de uno de los personajes principales de la trama, que a causa de un engaño mágico piensa que su padre ha muerto ahogado en el mar. Plath siente precisamente ese engaño en cuanto a la muerte de su padre, como si no hubiera ocurrido; y así lo demuestra cuando dice en Profundidad: /Confusos rumores/ de tu entierro muévenme a creer a medias:/ tu reaparición/ falsos los demuestra/. Como he dicho, la presencia de su padre persiste en su mente, en su realidad, lo que le hace difícil pensar en su padre muerto. Además, el entierro del padre Plath fueron en cierto modo rumores para ella, ya que su madre le prohibió, tanto a ella como a su hermano, asistir a éste. Así, el título del poema remite a La tempestad, y la asociación con el mar reincidente en sus poemas se convierte en una metáfora central de su infancia, de su subconsciente y de la figura paterna.

Continuando con el análisis, en la estrofa /Raras veces sales a la superficie,/ viejo, y siempre cuando sube la marea,/ cuando el agua está fría y se repite/, entiendo ese “salir a la superficie”, como un estar presente en su mente; ese viejo (que es el padre de Plath) sale de las profundidades del mar para quedarse en la superficie, es decir, sale a flote de los recovecos escondidos, de los propios recuerdos de la autora para convertirse en, casi, realidad; aflora su recuerdo con más fuerza, le ve.

La descripción que Sylvia Plath nos da de la reaparición de su padre (/sobre ella la espuma: pelo blanco, barba/ blanca, vasta red barredera se lanza/ sobre olas que saltan y se ahuecan. Yardas/ ábrense los haces, radiales tentáculos,/ de tu cabellera, […]/) dibuja una imagen que remite a la convencional representación de Poseidón. Su barba barba blanca, su cabellera que se extiende al salir súbitamente del océano como si de tentáculos se tratase o la elección de la palabra radiales que, inevitablemente una vez obtenida esta perspectiva, parece aludir a los rayos del tan característico tridente del dios. Así, Plath metamorfosea a su padre en el dios marino (dios de ese mar que tanta importancia tiene para ella), convirtiéndole en una vasta red barredera, que arrastra todo cuanto encuentra, que es fuerte, divino y creador. En la estrofa posterior, los versos /de tu cabellera, en cuyas madejas/ añudadas, presas, persiste el hallazgo/ del antiguo mito de inimaginables/ orígenes. [..]/ parecen reafirmar esta hipótesis de paralelismo entre el padre y dios mitológico anteriormente asentada.

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Poseidón (también denominado Neptuno en la mitología romana) gobierna toda las aguas y mares (de hecho no sólo se hace referencia al mar en el poema, sino también al río y a la lluvia: /tu áspero rostro manan tiempo a ríos:/ como lluvia el tiempo bate los canales/), cabalga las olas sobre caballos blancos (encontramos de nuevo el impacto que La tempestad tuvo en Plath en una anécdota: su caballo se llamaba Ariel) y puede agitar las olas y con su ira provocar temibles tormentas, tempestades, sismos o terremotos (como el huracán antes mencionado del que Plath fue testigo). Es importante tener en cuenta esta capacidad del dios, no sólo de incidir en fenómenos marinos, sino también en otros que tienen que ver con la tierra. Se entiende, teniendo en cuenta esto que cuando Sylvia Plath dice: /Este humor prudente y esta resistencia/ como remolinos ávidos persisten/ contra los cimientos mismos de la tierra,/ los flecos del cielo/, está reafirmando esta capacidad del dios de alterar tanto el cielo como la tierra; es decir, la capacidad del padre de Sylvia de perturbar sus propias bases (la superior que es el cielo y la inferior que es la tierra), de trastocar su mundo y descolocar sus cimientos. Así, estos fenómenos generan agitación y, por lo tanto, inquietud e indecisión en Plath.

Por otra parte, el blanco es el color recurrente en el poema: barba blanca, pelo blanco, espuma (que funciona como metáfora del cabello del viejo), hielo, vapores, albeante, vírgenes (que remite al color blanco), etc. Y veo en el poema el mar como una analogía de lugar de encuentro con su padre, de transmutación y transformación de la muerte. La muerte de su padre llegó a obsesionar a Plath hasta tal punto de hacerle crear una fijación por la muerte, pensando que ésa sería la forma de estar junto a él. De hecho, la autora llegó a escribir: /[…] tenía diez años cuando te enterraron,/ a los veinte me quise matar/ y a ti, a ti regresar/. En su obstinación por “matar” a su padre y al mismo tiempo de reunirse con él, pretendió hacer al mar cómplice de un intento de suicidio; dice en otro poema: /Me había quitado/ los zapatos de charol, al cabo de un rato, porque/ andaba mal con ellos por la arena. Me ilusionaba/ pensar que seguirían allí, colgando del leño plateado,/ señalando al mar, como una especie de brújula de almas,/ después de haber muerto yo/. De hecho, en el poema Profundidad que me encuentro analizando, además de ser el primer poema de madurez escrito sobre su padre, visto aquí en su papel mítico de “padre-dios marítimo e inspirador”, la autora hace una alusión a su primer intento de suicidio cuando dice: /Preferiría respirar agua/. Supuestamente, al poco de morir su padre, Sylvia Plath se introdujo en el mar con el anhelo inconsciente de morir y fue rescatada por su madre. Por otra parte, antes de su primera crisis depresiva, cuando se encerró en el sótano de su casa con un bote de somníferos, también intentó ahogarse. Abriendo un paréntesis en cuanto al análisis del poema, resulta llamativa esta afección por parte de la autora a concebir su suicido sólo a través del ahogamiento pues, de hecho, terminó suicidándose metiendo la cabeza en un horno con el gas encendido.

Cerrando este paréntesis me gustaría hablar sobre los versos /y es que las arcaicas arrugas que abren/ tu áspero rostro manan tiempo a ríos:/; la referencia al río, que es símbolo de vida, y la propia mención al tiempo y a las profundas arrugas del rostro de su padre reflejan, nuevamente, esa sensación que tiene la autora de que su padre sigue vivo, al menos en su mente, con ella; y casi parece que el tiempo también pasase por él. Por otra parte en /Caderas abajo puedes la compleja/ maraña ordenar, arraigarla hondo/ entre tibias, cráneos y espinillas./ De hombros abajo nunca, misterioso,/ por ninguno visto que siguiera vivo/ hago la siguiente deducción: la única descripción que la autora nos ha hecho de esta “aparición de su padre” hace referencia a su cabeza (barba, cabello), por lo tanto, se deduce que no está viendo su cuerpo, es decir, que se encuentra sumergido de hombros para abajo. Entiendo así, tal como decía antes, que Plath concibe el mar como una transmutación de la muerte y, de esta forma, el mar se convierte en el reino de los muertos (en el que bajo las caderas hay huesos de difuntos); y, por otra parte, del “viejo” no podemos conocer nada de hombros para abajo, porque no asoma más que la cabeza y si consiguiéramos verlo, entonces, tendríamos que estar muertos. Esto quizás, explica en parte el anhelo a la muerte que la autora mantenía, ansiando ese encuentro con su padre.

Podría deducirse, así y teniendo en cuenta el último verso de /[..] el agua/ respirar prefiero/, que en el poema tiene lugar algo así como un matrimonio divino o desposorio sagrado. Este desposorio, según Frazer y Graves, precede a la muerte (y a menudo a la resurrección) del “dios agonizante”, y, de hecho, el padre de Plath se convierte en ese dios agonizante cuando ésta dice en el poema /Tus peligros son múltiples. No puedo/ahondarte mucho, mas tu forma sufre/ un extraño duelo/ y morir parece: así los vapores/ van desenhebrándose sobre el mar albeante/. Sylvia contempla cómo, muerto, vive aún, y pierde su forma, y de nuevo toma forma, y otra vez se hace, como el rey ahogado de La canción de Ariel, y sufre extrañas metamorfosis en el fondo del mar. Plath quisiera juntarse con él allí. Pero el dios no muere, sino que tiene lugar una resurrección de éste, tal y como ella dice en sus Diarios: “La musa masculina sepultada y el dios-creador que vuelve de entre los muertos convertido en mi compañero, Ted (…)”, es decir, el vínculo con su padre sepultado resucita en su marido.

Ya para terminar, debo acentuar que las diferentes palabras y versos que Plath utiliza para referirse a su padre nos dibujan siempre un vínculo frío, distante e incluso violento con éste: /cuando el agua está fría/, /olas saltan y se ahuecan/, /de tu cabellera, en cuyas madejas, añudadas, presas/, /vastas quilladas montañas de hielo/, /dan su primer paso las oscuridades/, /tus peligros son múltiples/, / remolinos ávidos/, /misterioso/; así era su padre para Plath, o así lo concebía después de muerto.

El poema se convierte así, en un mar en el que Plath se encuentra con su padre a través de la muerte (una muerte a la que ella es consciente de que se está acercando: /eres y yo piso de tu propio reino/ las tierras enjutas y los lindes mismos/ y estoy exilada para nada bueno/; estrofa en la que Sylvia nos dibuja las parcas y secas tierras características del mundo de los muertos, en cuya frontera ella se encuentra). De la misma forma que su padre pasa de estar en las profundidades a salir a la superficie, Sylvia pasó, en diversos periodos de su vida, de estar sumergida, en lo más hondo, deprimida, a salir a flote. Finalmente acabó suicidándose (unos dicen que debido a la obsesión por su padre, otros encuentran como responsable a su marido y sus infidelidades). Lo que es curioso es que Assia Wevill, la mujer por la que el poeta Ted Hughes dejó a Plath, también acabaría abriendo la llave del gas para acabar con su vida, llevándose también la vida de la hija de ambos, Shura. Y el hijo de Plath, por otra parte, acabaría convirtiéndose en biólogo marino y también terminaría suicidándose. En cualquier caso, lo que está claro es que tanto la vida de Sylvia Plath como su obra es apasionante, misteriosa y llena de conexiones que merece la pena pararse a tratar de interpretar.

 

Elisa Pelayo. 

1984

Better than before, moreover, he realized why it was that he hated her. He hated her because she was young and pretty and sexless, because he wanted to go to bed with her and would never do so, because round her sweet supple waist, which seemed to ask you to encircle it with your arm, there was only the odious scarlet sash, aggressive symbol of chastity.

George Orwell. 

Caso número 37/1943.

 – Esa mañana me había levantado temprano. Mi hija, Kathy, que es una niña preciosa y muy lista, daba una fiesta en casa por su dieciocho cumpleaños y había que prepararlo todo. Ella me había dicho que no lo hiciera, que me limitara a desaparecer de casa durante toda la noche, con su padre, por supuesto, al que yo amo por encima de cualquier cosa pero que es bastante pesado, y que ella se ocuparía del resto. Pero esa es del tipo de cosas que una dice para que hagan exactamente lo contrario. Conozco a mi hija. ¿Usted tiene hijos? Mmmm. No podrá comprenderlo entonces; y aunque los tuviera tampoco podría pues no es lo mismo un padre que una madre, por mucho que ustedes quieran pensar lo contrario. Nueve meses y cinco días. Ése es el tiempo que tuve a mi pequeña en mis entrañas y, por eso mismo, sería capaz, si me lo propusiera, de dominar el pensamiento de mi peque. Sus ojos pedían a voces que le organizara una fiesta por todo lo alto. Yo soy una mujer muy moderna, sus amigos así es cómo me describen cuando les pregunto qué piensan sobre mí y, por eso, Kathy sabía que en su fiesta no iba a faltar ni bebida ni buena música. Como les iba diciendo salí de casa muy temprano.

– ¿A qué hora exactamente?

– Pues no lo sé señor, yo soy una mujer muy despreocupada en ese sentido. Figúrese que ni siquiera llevo reloj. Mire, ¿lo ve?. No llevo. Pero si llevara reloj sería uno de Cartier que vi hace unos días en un escaparate del centro. La correa tenía un tono entre nude y camel y las manecillas eran de oro. Precioso. Sí, sí, disculpe, a lo que iba; pero no ponga esas caras porque a mí me gusta tan poco como a usted estar aquí contándole mis intimidades. Serían las siete de la mañana. Llevaba ochocientos centavos encima y un abrigo de piel de los caros. La verdad, tuve mucha suerte; las mujeres que son atracadas o violadas suelen ser muy guapas y he de decir que yo ese día, además de llevar una millonada encima, lo estaba. Llevaba un jersey con escote que dejaba esbozar mis pechos, que siguen turgentes y tersos a pesar de mis tres embarazos, uno de mellizos.

– ¿Y por qué se había arreglado tanto si su único propósito era hacer unas compras?

– Me gusta arreglarme y cuidarme, no hay más misterio. Las mujeres debemos estar guapas. Constituye un cometido para nuestro género que debemos cumplir por encima de todo si queremos abstenernos de futuras desgracias. Ustedes ya me entienden… Es comprensible que una mujer fea, gorda y vieja acabe siendo víctima de una infidelidad y para evitar eso, que a mi me modo de ver puede ser la única causa justificada del adulterio, debemos ocuparnos de hacer persistir nuestro atractivo durante toda la vida. Como decía, salí de casa sobre las siete de la mañana. Vivimos en Watford, como ya sabrán. Cuando Thomas y yo decidimos consolidar nuestro nido de amor y echar las raíces de una futura familia, tuvimos la suerte de encontrar una casa acomodada en la colina más alta; mi sueño desde que tengo razón de ser. Siempre me ha gustado ver las cosas desde arriba. Bajé al pueblo a pie. Así, ya eran las ocho menos veinte cuando llegué a la tienda de la difunta Lily Orens, Dios la tenga en su gloria.

– Según tengo entendido, Aldenham, que es el pueblo donde habita, no se recorre en más de diez minutos. ¿A qué se debe que tardara tanto en bajar?

– Sí, está en lo cierto. Por el camino acudí a la Iglesia. Si de algo peco es de buena y solidaria y todas las semanas me aseguro de aportar mi grano de arena a la casa del Señor.

– El Padre Richard Johnas ya testificó que usted había pasado por la Iglesia aquella mañana pero, además de para sus prestaciones, parece que usted también tuvo tiempo para confesarse.

– Así es, me ocupo de hacerlo cada semana como buena cristiana que soy.

– El pasado 5 de marzo era martes y usted acostumbra a hacerlo en domingo. ¿Por qué ese cambio?

– Mire, señor, si sus intenciones conmigo son meramente profesionales no creo que sea de su interés cuándo me confieso o dejo de hacerlo o qué temas tratan mis conversaciones con el Padre. Confío en que así sea y que su ética profesional no esté resultando disuadida por el trato con una señora como yo. Sabemos de qué estamos hablando, ¿no?. Pues vayamos al tema. Llamé a la tienda pero nadie abría. No me mire así, sé perfectamente a qué hora se produjo el crimen. He de decir que la tengo mucho aprecio; que la tenía mucho aprecio…, aunque fuera una mujer que no se caracterizaba precisamente por su puntualidad. Tuve que esperar un par de minutos hasta que la vi aparecer al final de la calle cargada de bolsas. No venía sola. Un hombre mayor y gordo le daba besos por el cuello, las mejillas y los pechos; hasta que me vieron, por supuesto. Los dos volvieron a esconderse tras la esquina, pasaron unos segundos y Lily salió de allí colorada y, como les he dicho, cargada de paquetes y bolsas. Cabizbaja, introdujo la llave en la cerradura sin ni siquiera dar los buenos días. Le dije: “Ay, Dios mío, hoy no llevo las lentes y no te había reconocido al final de la calle. Ya creía que no venías.” Sonrió pero no dijo nada, se debía sentir muy abrumada, y no es para menos, y fue por eso por lo que le comenté lo de mis lentes.

– Si no me equivoco usted no tiene ningún problema de visión, ¿no?.

– Está en lo cierto señor. Dios me ha legado una visibilidad perfecta, sobrenatural, y es por eso que muchos dicen que tengo siete sentidos. El sexto, la intuición femenina, el séptimo complementa al anterior, mi capacidad de apreciación, captación y percepción, que viene ayudada por esa visión sublime que he mencionado. Como ya he dicho, de buena soy tonta, de modo que le hice creer que no veía tres en un burro para que no se sintiera deshonrada. Lily siempre ha sido una mujer bastante sosa, apagada, apática, desaborida… Insípida sería su adjetivo definitorio, pero ese día lo estaba especialmente, Dios sabe por qué.

– ¿Por qué dice eso? ¿Cuál era su comportamiento?

– Pues ya sabe… Hablaba muy poco y cuando lo hacía los monosílabos eran las palabras elegidas. Yo soy una mujer muy alegre y divertida, me gusta mucho hablar con la gente… La vida en sociedad en general. Además, Lily tenía una cara, un rostro que… que no transmitía. ¿Me entiende? No llamaba la atención.

– Todos los interrogados la describen como una mujer muy bella y encantadora.

– Ah no, no. Usted hágame caso a mí que, como ya le he dicho, cuido la vida en sociedad y conozco muy bien a todo el pueblo. Era una sosa, y guapa, sí, eso nadie lo discute, pero tenía una belleza que no comunicaba nada, reitero: una belleza insípida. Era vaga de espíritu. De modo que cuando hubimos entrado en la tienda saqué la lista de la compra y se la entregué. ¡Vaya! Si la tengo aquí… Se la leo: tres paquetes de pan de molde, ocho barras de pan, diez botellas de leche, cinco tabletas de chocolate, seis de mortadela, mantequilla, jamón y crema de cacahuete, doce kilos de patatas, cinco de fresas y seis de manzana…

– Deje, déjelo, nos hacemos una idea. ¿Podría verla yo mismo?

– Por supuesto, si no se fía de mí qué remedio…

– ¿Diez botellas de whisky y veinticinco de coñac?

– Uy, usted no sabe cómo beben los jóvenes de hoy en día…

– ¿Y el cuchillo para qué?

– Para pelar las patatas, claro. A Kathy le encanta la tortilla española y por eso decidí preparar unos pinchitos con pimiento. Sí, pimiento. Si me hubiera permitido terminar de leer lo habría escuchado. De todas formas, Lily no fue asesinada con un cuchillo.

– ¿Y eso cómo lo sabe?

– Este pueblo es muy pequeño, ya sabe…

– Tengo mucha curiosidad por saber como se las arregló para llevar todo eso a su casa usted sola.

– Yo no lo hice y nadie lo haría hasta pasadas las siete de la tarde. Como he dicho antes, se trataba de una fiesta sorpresa y no podía pasarme el día cocinando en casa sin que mi hija se diera cuenta, así que tomé prestada la cocina de Lily. Con su permiso, obviamente; aunque al principio se mostró algo reacia; acabó cediendo.

– ¿Y quién lo hizo a las siete?

– El señor Banks, de la calle Michigan. Él trabaja los campos y se dedica al comercio, de hecho, es él quien se encarga de proporcionar a Lily los productos que vende. De modo que subió la comida en su camioneta.

– ¿Puede corroborar eso el señor Bank?

– Banks. Por supuesto.

– ¿Podría proporcionarme su número de teléfono?

– Es una lástima porque no lo tengo. Como usted mismo ha dicho, Aldenham es un pueblo muy pequeño y cuando quiero algo de otro vecino no tengo más que acercarme a su puerta.

– De acuerdo. Johnson, busque al señor Banks en la base de datos y certifique la información por favor.

– Realmente está usted haciéndome sentir fatal poniendo en duda cada palabra que digo.

– No es mi intención señora, tan solo mi trabajo. De todas formas, ahora que lo dice, tengo algunas dudas acerca de su testimonio. Aquel hombre que ha descrito… ¿Le había visto alguna vez?

– La noche anterior, magreándose también. Disculpe por la expresión. No pude verle la cara, sin embargo, sus gestos me resultaban muy familiares. Sí, su forma de moverse, de besarla… Yo le he visto antes. Pero no podría decir con certitud de quién se trata. Sin embargo, sí podría asegurar que se trata de un hombre de unos cincuenta y tres años. Como he dicho antes, algo gordo, la típica barriga cervecera. Y barba, una barba espesa y gris.

– Hay muchos hombres así.

– Y calvo, muy calvo, sólo un par de mechones canosos rodeando la coronilla. Él tampoco lleva gafas. Quiero decir que, al igual que Lily, no tenía ningún problema de visión.

– Y al igual que usted.

– Llevaba una camisa de cuadros azules y un maletín de Riddles’ de cuero negro.

– ¿De Riddles’? Será fácil localizarle entonces. Johnson, ¿ha hecho lo que le pedí?

– De acuerdo. Señora, al aparecer el señor Banks difiere con usted en su declaración. Ustedes abandonaron la casa de Lily Orens a las siete y media, sólo unos pocos minutos después de que ésta fuera asesinada.

– ¿Me está tomando el pelo? Siete, siete y media… Ya le he dicho que yo no llevo reloj… Encontré algo más extraño en el comportamiento de Lily aquel día.

– La escucho.

– Los paquetes que trajo consigo… Los guardó muy bien. ¡Demasiado bien, inspector! Créame. Tras una de las estanterías hay un armario empotrado. No se puede ver si no has movido la estantería antes y, de hecho, yo nunca antes me había percatado de su existencia. Se arrodilló en el suelo introdujo el brazo dentro y lo estiró hacia arriba, como si estuviera colocando el paquete en una especie de techo.

– ¿Y eso lo hizo delante suyo? No creo que su objetivo fuera esconderlo entonces.

– Ella no sabía que yo estaba mirando. Esto ocurrió dos horas después de haber comprado en su tienda.

– Vayamos por orden, se lo ruego señora. Estábamos en la tienda de la señorita Orens, usted estaba comprando. ¿Qué ocurrió? ¿Cuánto tiempo permaneció allí? ¿Qué…

– Estuve allí una hora y media; era mucha comida. Los paquetes que había traído habían quedado arrinconados en una esquina de la tienda. Me fijé mucho en ellos porque estaban envueltos en papel de periódico y aquel día se me había olvidado comprarlo. No sé lo que serían pero sustentos no, eso lo puedo asegurar. Miré a Lily con curiosidad, ella se dio cuenta, sí, lo hizo, y apartó la mirada. La observé detenidamente, tenía los ojos irritados y los párpados hinchados pero no había estado llorando; al menos así no fue como la encontré yo al final de la acera. La cara estaba cansada y los pómulos demasiado marcados, el pueblo venía diciendo desde hacía tiempo que estaba adelgazando… Estoy completamente segura de que en esos paquetes había algo que la preocupaba. Sentía que los miraba y yo soy muy buena para percibir esas cosas. Traté de mostrarle mi curiosidad, de preguntarle por ellos… Pero ella evitó el tema y yo no quise volver a entrar en él por miedo. He de decir que estaba algo asustada, yo, no ella. Su conducta era fuera de lo normal, parecía estresada, ansiosa… y estoy segura de que esa ansia se debía a los paquetes. Por un momento se me pasó por la cabeza que se hubiera adentrado en el calumnioso y denigrante mundo del contrabando o, lo que es peor, del tráfico de drogas. Eso explicaría su mal aspecto.

– Deje ese tipo de suposiciones para nosotros, usted limítese a narrar aquello de lo que tiene certeza.

– Ustedes mismos pero, en ese caso, más tarde no quiero oír ni una sola reprimenda si es que he suprimido algo que no debiera…

– De acuerdo, señora, diga todo lo que le pase por su cabeza.

– Eso suena mucha mejor, inspector. Como he dicho, quise dejar el tema de lado, no habría querido causar una crisis nerviosa o cualquier otro tipo de mal a mi querida Lily. Terminé de pedir los productos de la lista y me dijo que no le quedaban ni galletas ni queso. Quise que me lo encargara pero ella dijo que estaba muy ocupada, de modo que tuve que buscarme la vida. Le dije que iría al pueblo de al lado para comprar lo que buscaba y que volvería para recoger el pedido más tarde porque en ese momento no tenía como llevarlo. Ella accedió y me fui. Me acerqué a Letchmore Heath, está a una media hora a pie desde Aldenham, compré el queso y las galletas en la tienda de Roger Finidiberth y ya de paso, pastel de manzana. Su mujer, Annie, hace unos postres exquisitos y éste es el favorito de Thomas, así que decidí comprarlo para que se llevara una alegría. Emprendí el camino de vuelta sin perder más el tiempo. La ida había sido entretenida, oscilando mis pensamientos, dudando si sería mejor ir a la tienda de Roger o a la de Sabina, y fue un acierto elegir la primera. La vuelta, sin embargo, fue dura y flemática. Serían las once de la mañana y realicé el camino a pleno sol. Pero no hay mal que por bien no venga, el sol debió hacer emerger en mi cabeza la brillante de idea de, en lugar de subir todo lo comprado hasta casa para cocinarlo, hacerlo en casa de Lily.

-¿Por qué razón quería cocinar en casa de Lily?

-Porque ella… Ella tiene la cocina mejor equipada de todo el condado, para que nos vamos a engañar.

-Usted no la tendrá porque no quiere, porque dinero, desde luego, no le falta. Quizás es más intromisión o curiosidad lo que le llevó a desear tal cosa.

-¡Oh, señor! ¡Es usted un grosero y un maleducado! Me siento mal. Me siento fatal ante tanta duda, desconfianza, cuestión, reparo y recelo. Yo estoy aquí haciéndoles un favor y ustedes parecen no haberse dado cuenta. Me siento ultrajada con las acusaciones que usted me lanza a cada minuto y, por más que quiero, no puedo sacar fuerzas para irme de aquí a pesar de las vulgaridades de las que están teniendo que ser testigos mis oídos. No puedo sacar fuerzas porque siento que es mi deber hacer saber a la autoridad, o así, al menos, es como se hace llamar, quién creo que es el asesino de Lily Orens.

-Disculpe, le aseguro que no era nuestra intención molestar a una señora, y menos a una de su posición.

-Como decía, su cocina estaba muy bien equipada. Llegué hacia las once y media a Aldenham y me dirigí hacia la tienda de Lily para apelar su solidaridad cristiana y pedirle ese favor. Me había dado mucha prisa en ir y volver, el tiempo corre rápido y a mí ese día, desde luego, no me sobraba. Fue entonces cuando encontré a Lily escondiendo su mercancía. La encontré arrodillada en el suelo de gres. Llevaba una falda muy corta que dejaba ver las rodillas y los muslos, nada adecuada. Estaba moviendo la estantería de la que les he hablado. Mientras lo hacía, se le cayó un jarrón de arcilla con unos lirios rosados idénticos a los de mi jardín. El suelo se encharcó y el papel del paquete más cercano fue tornando su color a un gris oscuro. Lily se puso muy nerviosa. En vano, trató de unir los trozos de jarrón hasta que finalmente los volvió a depositar en el suelo. Sin embargo, recogió las flores y las posó en un estante con delicadeza, como si fueran lo más preciado que hubiera tocado en su vida. Siguió escondiendo los paquetes sin darse cuenta de que yo la andaba mirando. Al principio con facilidad, luego, introduciendo el brazo dentro del armario y alargándolo con esfuerzo hacia la zona superior. Cogió el último paquete, el que estaba encharcado. Me percaté de que sus manos estaban cubiertas de hollín y polvo; en el suelo, además, había caído la pelusa y suciedad que encerraba aquel lugar. Llamé a la puerta.

– ¿Por qué no lo hizo antes?
– Necesitaba pedirla un favor y no quería molestarla. De haberlo hecho posiblemente no me habría prestado su cocina.

-¿Y si no hubiera necesitado de su favor? ¿Qué habría hecho entonces?

– Eso nunca se sabe. Como decía llamé a la puerta. Ella se sobresaltó y se levantó de golpe. Tenía las rodillas irritadas. El pelo estaba alborotado y, en un intento de ordenarlo, se manchó la sien y la mejilla con el polvo de las manos. La falda estaba mojada y no llevaba zapatos; se los puso mientras se arreglaba  el delantal y movía la estantería. Estaba hecha una facha. “Señora, no la había visto”, me dijo. Le contesté que acababa de llegar lamentando, a un mismo tiempo, mentir y rezando en mis pensamientos para que Dios no me lo tuviera en cuenta en el juicio final. Le dije que necesitaba un favor suyo, que requería de su cocina para preparar a Kathy su fiesta. Ella dijo que no podía ser, que tenía cosas que preparar cosas y deberes culinarios que resolver pero, finalmente, la convencí.

– ¿Qué le hizo cambiar de idea?

– Nada, en realidad, nada destacable. Quise ser amable y le dije que los lirios de la estantería daban un toque de sofisticación y belleza a la habitación y que podía pasarse por mi jardín a arrancar más cuando quisiera. Ella me dio las gracias y me cedió su cocina hasta la hora de cenar.

– ¿Qué hizo entonces?

– Le pedí que me ayudara a llevar la comida hasta su casa y después de echar una ojeada al suelo, me acompañó. Estuvo hasta las doce y media trasladando la comida a la casa y yo, mientras, supervisando donde se colocaba cada cosa. Cuando hubo terminado yo me puse a mi faena y ella salió por la puerta con una apariencia todavía más sucia que antes. Comencé por los bocadillos de mortadela y chorizo. Necesitaba unas tijeras para cortar los bordes del pan de molde así que, sin querer registrar todos los cajones de la casa en busca de uno, yo soy muy reservada para esas cosas, no me gusta tomarme demasiadas confianzas, me acerqué a su tienda para preguntar donde podría encontrar uno. No estaba allí. Todavía no eran la una de la tarde, es decir, era horario de trabajo. De hecho, el cartel azul plastificado de “cerrado” no estaba puesto. Esperé en el umbral de la puerta unos segundos, pero no apareció.

– ¿Miró entonces que era lo que había escondido Lily?

– He de confesar que traté de hacerlo. Corrí la estantería y me dispuse a abrir el armario cuando me di cuenta de que éste tenía un candado y estaba cerrado. Volví a correr la estantería rápidamente y me dirigí a casa en busca del  cuchillo. Al llegar miré alrededor del jardín, la zona de los arbustos, las margaritas y, sobre todo, la de los lirios; quizás Lily se había tomado al pie de la letra aquello de disponer de mis flores cuando quisiera, pero no fue así, no se encontraba allí y mi marido tampoco. Entré en casa. Me encanta mi casa. El azul añil de los marcos de las puertas contrastando con la pintura beige de las paredes deliciosamente, el olor a jazmín de los ambientadores que compramos en Toulouse la primavera pasada y a aire fresco, las cortinas de raso y seda, el parqué impoluto, los ventanales arqueados extendiéndose por toda la pared y llenando de luz mi hermosa morada. Una visión afable del orden y la belleza que inspira mi casa. Puede visitarla cuando quiera inspector.

– Parece muy bonita pero me gustaría que continuase.

– Me dirigí a la cocina. De allí salía Kathy con un par de galletas en la mano. Le di dieciocho besos y entré dentro. Puse al fuego unas albóndigas de bonito con guisantes para que descongelaran. Cuando terminé llamé a Kathy para que bajara a comer y le pregunté por su padre. Me dijo que no estaba. Cogí el cuchillo y salí rumbo a casa de Lily. Por el camino había echado una ojeada en su tienda pero seguía ausente; tampoco la encontré al llegar a su casa. Me puse manos a la obra otra vez. Traté de concentrarme en el cumpleaños de mi hija, de abstraerme entre las patatas, la mantequilla y el chocolate. No quería pensar nada más, sólo cocinar, y matar el tiempo y matarme a mí misma, como siempre, esforzándome por aquellos que amo. Terminé los bocadillos de chorizo y mortadela y también la tortilla Empecé a hervir el chocolate y a amasar el hojaldre para el pastel, a confitar la fruta y a glasear el azúcar. Y cuando sentí que había pasado ya mucho tiempo salí a la calle. El reloj de la plaza marcaba las tres de la tarde. Todavía recuerdo cuando lo alzaron a ese poste. Mi tío abuelo Ronald había sido alcalde en Aldenham durante ocho años y antes que él lo fue mi bisabuelo. Yo no pude llegar más que a consejera del municipio, no por culpa de mis aptitudes, que son bastante destacables, sino por mi condición de mujer. Aquel pueblo maravilloso es más mío que de cualquier otra de sus habitantes. Lo conozco mejor que nadie, cada palmo de tierra, cada árbol, la orilla del río y su cauce, los ladrillos quebradizos de la zona baja del municipio, el brillo del sol a cada hora del día en cada estación del año, el estanque de agua enlodada con migas de pan medio desechas siempre que se acerca el buen tiempo, los animales que recorren sus senderos, los gritos de los niños al salir del colegio, las campanadas de la Iglesia, el nombre de todos, y su vida también. Necesitaba perejil para un puré de tomates y avellanas, así que aproveché el paseo para ir a buscarlo al almacén de especias y condimentos. Todo el pueblo lo comparte y está situado en los establos comunes, a las afueras de la villa, en el campo.

– En la lista no pone nada ni de los tomates ni de las avellanas.

– Lo tomé prestado de casa de Lily, es una receta que me sale de maravilla y su elaboración para la fiesta de mi pequeña fue improvisada. Caminé diligente por la calzada, una travesía tediosa para mis riñones que tras tanta caminata andaban cansados. Llegué y abrí la puerta con una llave oxidada que siempre guardamos debajo de una maceta con tierra seca. Los hierros de la puerta rechinaron al abrirse; la dejé abierta porque allí dentro no hay luz y quería darme prisa en encontrar las hierbas. No fue difícil, para estas cosas yo siempre he sido muy buena, figúrese que importantes condados de la mismísima Inglaterra me han reclamado como catadora en numerosos concursos tanto de vinos como de especias. Alguien debía haber estado cocinando a lo grande porque no quedaba ni clavo, ni ajedrea, ni tomillo, ni albahaca, ni canela… Y lo justo de perejil. Estas cosas hay que avisarlas.

– Disculpe pero ¿podría llegar a la parte trascendental del asunto?, tengo cosas que hacer señora.

– Como quiera. Mientras ordenaba la salvia y el ajo que alguien había mezclado, Dios sabe por qué, oí unas risas. Me asomé por una grieta de la cabaña para corroborar lo que estaba pensando. Lily estaba sobándose de nuevo con aquel hombre del que ya les he hablado.

– Todavía no hemos conseguido localizarle. Parece ser que hay más clientes en Riddles’ de los que pensábamos, pero pronto daremos con él y le tomaremos declaración.

– ¿Pero es que ningún hombre como el descrito se ha dignado a presentarse aquí? No estoy segura de si tendrá que ver o no con el crimen cometido pero, desde luego, la falta de interés que está mostrando ahora no la vi yo aquel día.

– En eso debo admitir que tiene razón. La actitud que ese hombre está teniendo no hace más que imantar todas las acusaciones. Continúe señora, por favor, deseo solucionar el tema cuanto antes. Tengo ciertas dudas acerca de ese amor pasional que disfrutaban Lily y el sospechoso. ¿Cómo era? ¿Cree usted que se querían?

– ¡Santo Dios, por supuesto que no! ¡Vaya sandeces está usted diciendo, Señor! Eso no era amor. Era excitación, fogosidad y hedonismo. Nada más. No vi en sus ojos ni un solo centelleo, no vi en sus mirada fulgurar la adoración que destellan las nuestras cada vez que hacíamos el amor. Quiero decir que amor es lo que sentíamos mi esposo y yo, no esos dos.

– Señora ¿por qué habla en pasado?

– Yo no he hecho tal cosa. El amor no está hecho para el adocenado y el vulgar, sólo para los elegidos de Dios. No todos son capaces de experimentar su bendición vivaz y el castigo más grande que el Señor puede lanzar es a aquellos ignorantes que han desechado esa suerte.

– ¿Qué hizo cuando les vio?

– Me tapé los ojos. No quería ser testigo de tales obscenidades. Esos dos no estaban casados ¿entiende?. Ella no es más que una solterona cuya belleza no ha sido suficiente más que para calentar el lecho de los hombres ajenos, porque uno tan mayor seguro ya era de alguien. Posiblemente la amargura de Lily tenía su eje en tan desesperado fracaso, una aflicción que sólo con la muerte podría ser paliado. Tuve que esperar cuarenta minutos hasta que se hubieron ido. Arrodillada en el barro y con el cuerpo mancillado y polvoriento. Ya daban las cuatro cuando salí de la cabaña tras haberme aseado un poco con el agua de una pila. Estaba cansada de andar callejeando por todo el pueblo en busca de la celebración perfecta y acudí a la Iglesia a desahogarme.

– ¿Ocurrió algo que deba destacar allí?

– No voy a derrochar el oro de mis días hablando sobre confesiones que a usted ni le van ni le vienen.

– Si tienen algo que ver con lo ocurrido, por supuesto que me van.

– Créame que no. Y aún en ese supuesto, le aseguro que mis palabras jamás se podrán más que conjeturar tras las vidrieras cadmio y añil de la Iglesia. No me mire así, no escondo nada. Simplemente compartí mis penas con el Padre y le pedí consejo. No sabía qué hacer, ni con quién hablar, ni a quién recurrir.

– Señora, me parece que dramatizó muchísimo. Creo que el aniversario de su hija habría sido igual de perfecto sin necesidad de tanto sufrimiento y agobio.

– No sabe usted de lo que habla, inspector. Ya ni yo misma lo sé…

– ¿Disculpe?

– Tras haberme confesado acudí de nuevo a la cocina de Lily. Por el camino le pedí al señor Banks que a las siete y media exactamente me pasara a recoger con la camioneta por casa de Lily.

– ¿Siete y media exactamente? Hace unos minutos usted no sabía si dejaron la casa a las siete o media hora después.

– No me haga repetirle que no llevo reloj, inspector. El tiempo corría en mi contra. No me apetecía ver a nadie en ese momento. No deseaba más que enajenarme de nuevo en mis composiciones. Preparé bizcocho con limón, pinchos de queso y tomate, una tarta con fresas y nata y patatas fritas. Ya eran las siete cuando freí la última. Guardé toda la comida en bandejas y cajas y la fui sacando de la casa y depositando en la acera. Volví adentro a limpiar las encimeras con un paño húmedo y entró Lily en casa, cándida e ingenua, sin decir nada. Doblé el paño y lo posé sobre la mesa y junto a él el cordón que había servido para embutir los chorizos. No cabía nada más en la papelera. Me sonrió pero como ya les he dicho no cruzó palabra. Permanecí allí unos minutos más y se cortó la luz. Salí de casa al escuchar el rugido del motor de la camioneta y según cruzaba la puerta de la cocina se volvió a iluminar. El señor Banks y yo empaquetamos todo en el maletero. Y ya dentro y saliendo de allí, pude ver al hombre gordo y calvo y su camisa a cuadros y su maletín de Riddles’ a través de la ventana. Fui una vez más testigo de sus besos, yo diría que más violentos que nunca. Ahora que sé todo lo que ocurrió después, no dudo en pensar que esos abrazos fuertes y bruscos no eran los de un amante sino los de un asesino.

– El señor Banks nos dijo que él no vio nada raro y tampoco tal apagón.

– Usted hágame caso a mí que yo sé de estas cosas.

– Disculpe un momento, señora.

– Señora tengo una muy mala noticia para usted. Verá… Aquel hombre del que nos ha hablado… Se trata de su marido.

– Sí, todo encaja.

– Disculpe pero no consigo acabar de entenderla.

– ¡Oh, pobre Lily!

– Usted… Antes… Su desgraciada soltería…

– Escondía a su marido para que su amante no se molestara. Vaya felonía. Decidió abandonar a su esposo… ¡Por eso los numerosos paquetes y bolsas! No contenían más que ropa. ¡Pobre desgraciada! Me muero de la pena.

– Señora…

– Desgraciado matrimonio. Desgraciada su intuición, que no era virtuosa como la mía.  Desgraciado aquel velo de alquitrán de su mirada. Desgraciados sus ojos que no supieron prever a su asesino. Desgraciado su cuerpo y su rostro, menos que corriente. Desgraciada su impudicia y desvergüenza. Desgraciado su puterío. Eso es lo que le hacía atractiva y lo que la buscó la muerte. La muerte. Tanto más cercana a nosotros cuanto más ajena la sentimos.

– ¿Está usted citando a Sara Whool?

– Me encantan las novelas sobre crímenes pasionales.

Elisa Pelayo.

Vacuidad.

El parque de enfrente, sin niños jugando, arena mojada, charcos. El tobogán empapado. Un autobús pasando rápido, gente dormida en los bancos, un perro ladrando, las calles vacías. Mutismo. Sigilo. El gato negro de Roger pasando a lo largo. Escupo rápido al suelo. Camino despacio. Una bocanada de aire. Escondo la barbilla en el abrigo. Miro atrás. Miedo en los labios.

 

Elisa Pelayo.