Lasitud.

Me limpio el sudor de la frente con los dedos; los dedos viejos de un niño de doce años. Frunzo el ceño y protejo con una mano mis ojos, que me escuecen por el sol de las tres de la tarde. Alzo la vista. Unos veinte chavales y mujeres partiéndose el lomo, y mi madre a lo lejos. La miro. Su tez arrugada y morena, casi negra. Su mirada cansada. Su figura encorvada, que se pierde entre el polvo cuando golpeo la azada contra la tierra.

 

Elisa Pelayo.

 

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Claro de luna.

Cuando la joven preguntó por él, los médicos no daban crédito; su primera visita en diez años, y decía poder curarlo. Era una muchacha bajita, de proporciones delgadas y gráciles. Su cabello era negro y su tez morena, un conjunto sencillo y común. Habría pasado desapercibida de no ser por sus ojos, ambarinos y centelleantes, profundos y expresivos. Quizá fue su mirada la que dotó sus palabras de credibilidad. Cuando le vio sus ojos no pudieron contener las lágrimas, ni sus labios un esbozo de sonrisa leve y sincera.

Elisa Pelayo.

El árbol de la ciencia

En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad. No aceptaba derechos ni prácticas sociales.

Pío Baroja. 

Él.

Recuerdo el sonido de las herraduras sobre los adoquines, los cocheros de largos bigotes, como salidos de otra época, a Johann Strauss de fondo, y brindis al ritmo de la música. Charles con traje de chaqueta, el codo apoyado sobre la mesa y tocando con el lado exterior del dedo índice su labio, levantaba la otra mano para llamar al camarero. Supongo que de primero pediría Fritattensuppe o Gulasch. Mi marido querría haber ido a un heuringen, beber vino blanco y estar, como dijo él después de tres minutos dentro, desentumecido. Pero yo quería ir al Die Wienerin. Ahora Charles apoyaba los dos codos en la mesa, tenía los dedos entrelazados y al sonreír se le marcaban dos hoyuelos en las comisuras de los labios. Ella era joven; la piel  de sus brazos era muy blanca, el pelo largo y rubio, delgada, esbelta. Guapa. Al mover los hombros los tirantes del vestido le resbalaban por el brazo, y Charles se los colocaba mirándome. Mi marido bebía agarrando la copa con la palma de la mano y yo deslizaba los dedos suavemente contorneándole la pajarita. Carlos, de improviso, soltaba una carcajada, y su compañera otra y a él le brillaban los ojos. Se levantó de la mesa y se dirigió al baño. Yo dejé de acariciar el cuello de mi marido.

Elisa Pelayo. 

La casa de los siete balcones.

– ¡Tú, espera, tienes que decirmelo!
– ¿Decirte qué?
– Cómo se pasa a ese lado. Cómo se rompe este cristal que nos separa.
– ¿Crees que lo sé? Te juro que no.
– Tiene que haber un corredor escondido…, una puerta secreta…, ¡Algo! ¿Cómo lo hiciste tú?
– Sin darme cuenta. Solo recuerdo que fue en una playa. Entre las rocas del fondo había una estrella de mar. ¡Nunca había visto nada tan bonito! Pero estaba tan honda, tan honda… Creí que no iba a llegar a alcanzarla. ¿Tú has visto alguna vez una estrella de mar?
– No.
– Mírala. ¿No es preciosa?
– Sí, preciosa. Pero, ¿qué pasó después…, cuando la alcanzaste?
– Nada, me quedé allí quieta, en el fondo, y empezó a hacerse de noche.
– ¿Y no te dio miedo la oscuridad?
– ¿Por qué? Tenía una estrella para mi sola. 


Alejandro Casona.

Yo tenía nueve años cuando mi madre me dio a leer aquel viejo libro de papel roído. Había sido de mi abuelo, que tenía una amplia colección de las obras más vanagloriadas, cuyos lomos fragosos habían llenado las flacas estanterías de una habitación semidesierta y repleta de polillas mucho tiempo atrás, cuando mi abuelo aún no era un abuelo. Lo que yo en un principio pensé que era un cuento- de esos cortos que la profesora nos recomendaba que escribiéramos para el concurso anual del colegio- pertenecía en realidad a una obra de teatro – de esas largas, y que tienen muchos personajes, y que yo tardaría todavía algunos años en terminar de leer-. El caso es que yo a mis nueve años leí ese fragmento, en voz alta y tartamuda. Leí ése y no otro porque fue decisión de mi madre dármelo a leer. Y ella decidió darme ése y no otro. Y yo no soy nadie para tener algo que decir acerca de su elección. El caso es que me gustó, me gustó mucho. Pero no me gustó de la forma en la que yo pensaba que las cosas gustaban; hasta entonces me habían gustado los helados y los chicles, los osos de peluche blancos y alguna que otra película de princesas. Me gustó porque sentí quietud, paz. Como cuando el agua caliente de la ducha cae desde lo alto del soporte en las mejillas, y sobre los hombros y recorre la espalda dibujando trazos abstractos como tratando de diluir la piel; y no existen relojes ni más sonidos que el de una cascada suave y ligera.

Esa sensación de serenidad y calma me acompañó siempre; la estrella encontrada de Casona también. A los 12 años escribí: “Cuando quería darme cuenta el agua me cubría hasta el ombligo, y a pesar de que todavía quedaba mucho para llegar hasta el cuello, ya me costaba respirar. Mi nariz se ahogaba entre mil gotas. Sacaba la cabeza hacia algún lugar donde no me alcanzaran. Un aire quieto y frío helaba mis mejillas. Me levanté de pronto. Sentí como mi razón se embriagaba. Los lavabos y las baldosas de las paredes corrían de un lado a otro despavoridamente, como si no supieran cual era su sitio en un lugar que en ese momento, era tan sólo mío. Cada uno de esos sentidos que se estremecían hace tan solo unos minutos por todo mi cuerpo se enajenaron de pronto, se adormecieron, y con ellos yo. Me desplomé en el agua cálida. Sentí como mi cabeza rozaba el fondo de la bañera. Miré hacia arriba. Parecía que estaba dentro de un pompa, y que chispeaba por fuera. Fijé mi mirada en  la luz que evocaba la lámpara del techo. Recuerdo como poco a poco se fue iluminando toda la habitación. De lo que pasó después, sólo recuerdo, que de esa pompa jamás volví a salir”.

Elisa Pelayo.