Análisis de “En el reverso de lo real” de Allen Ginsberg

Allen Ginsberg, poeta nacido en Nueva Jersey en 1923, es una de las figuras más destacadas de la Generación Beat de la década de los 50. Se opuso activamente al materialismo económico, el militarismo y la represión sexual y toda su obra supone un movimiento revolucionario contra el capitalismo y el estilo de vida de los americanos. Apoyó todas las organizaciones defensoras de la libertad de expresión y fue arrestado en diversas ocasiones por encabezar marchas de protesta y participar en las luchas de su época, en defensa de los derechos sociales e individuales.

Como miembro de la Generación Beat, su poesía es además contracultural y reivindicativa, con una función política, ideológica y desestabilizadora; y está muy influida por el modernismo, el romanticismo, el beat, el jazz y un tipo de espiritualidad no occidental ni capitalista, sino oriental. Ginsberg se consideraba heredero de William Blake, W. Whitman y Federico García Lorca.

La Generación Beat se encargó de revisar, a través de su poesía, la idea de Estados Unidos como un sueño hasta entonces imperante. Cuando está corriente surgió, el escenario norteamericano estaba pasando por los grises años de la era Eisenhower y el escandaloso dominio de los conservadores americanos. Con la Beat Generation se desplegarían definitivamente los deseos de marginación, de no integrarse en el sistema porque había que oponerse a las formas de pensar y de vivir de su país, así como a sus planteamientos políticos y a la conformación de la sociedad, llena de puritanismos, prejuicios y convencionalismos. En En el reverso de lo real se nos muestra el Estados Unidos más hostil, industrial y bélico (ferrocarriles/ desolado/ fábrica de tanques/ autopista de asfalto/ sucias/ seca/ industria/ espinosa/); constituyendo el poema un perfecto ejemplo de esa voluntad por parte de Ginsberg de renegar de la falaz y propagada imagen de un Estados Unidos idílico, mostrándonos su lado más “sucio”.

La poesía de Ginsberg está muy determinada por la experiencia y la dimensión testimonial. No se trata, sin embargo, de una poesía confesional; en sus poemas no da cuenta de sí mismo sino de lo que éste ve. Ginsberg es a veces testigo de la catástrofe, del horror, del infierno; otras de la experiencia reveladora, de lo bello, del paraíso. Esto le convierte en un sujeto obligado a dar cuenta de ello: Ginsberg representa la idea del artista como mediador o revelador. En En el reverso de lo real, Allen Ginsberg nos revela el horror; se trata de un poema obsceno, pues pone de manifiesto una realidad que la cultura convencional obvia: la degradación del mundo a través de la industrialización y el militarismo, la degradación, sobre todo, de la conciencia humana.

En el reverso de lo real está lleno de sustantivos acompañados de adjetivos (temible flor de heno; frágil tallo negro; corola de amarillentas espículas; manchada y seca borla central de algodón; flor amarilla) y comparaciones (/como la corona de una pulgada; como una brocha de afeitar usada) que componen un poema de gran fuerza visual, lleno de imágenes y estímulos. Se trata de un poema muy descriptivo, escrito en verso libre y, por lo tanto, alejado intencionadamente de las pautas de rima y métrica clásicas, como parte de la voluntad de los Beat de romper con lo establecido a través de una poesía reivindicativa que renegaba del modelo imperante de Eliot.

allen

El grupo de los Beat, y por lo tanto Ginsberg, va a estar muy vinculado a San Francisco y a la California de los años 50, precisamente por ser uno de los espacios más abiertos y tolerantes y donde se librarían algunos de los grandes conflictos sociales de la vida americana. San José, lugar al que remite el poema, es una de las ciudades más importantes del estado de California y se ubica en el sur de la bahía de San Francisco. En la primera estrofa del poema, Ginsberg nos traslada a ese mundo saturado de industria y hostilidad (/Cercado de ferrocarriles en San José/) en el que la guerra está muy presente /fábrica de tanques/ . Ginsberg se nos muestra como ese mundo que está describiendo: triste, inhóspito y desierto (/yo vagaba desolado/). /Y me senté en un banco/ continúa el poema, transmitiéndome, inevitablemente, la aflicción propia del que espera sentado y se detiene a observar el mundo, las pequeñas cosas, lo que está más allá de la superficie y no todo el mundo ve; de ahí la obscenidad propia de los poemas de la generación Beat, esa voluntad de enseñar lo que los demás no quieren ver.

La segunda estrofa centra nuestra atención en una flor. Esa flor constituye esa segunda capa del mundo que no todo el mundo ve y a la que Ginsberg, sin embargo, da absoluta importancia. Una flor que, no de manera casual, es amarilla. La flor amarilla emergió como símbolo de la cultura juvenil y se levantó contra los aliados de la cultura deshumanizada durante los años 50: el flower power, es decir, “el poder de las flores”; un poder que se ejercía pacíficamente y que se imponía como consecuencia de procesos naturales. A través de la generación beat y ese flower power, se levantaría un texto crítico, una agitación, una desmitificación de la estructura social americana. A través de esta flor, así, veremos

la realidad del mundo; es decir, la flor es una metáfora del mundo, pero del mundo degradado, casi destruido, sucio, el real, el que Ginsberg ve y otros se niegan a ver, pero, sobre todo, esa flor es símbolo de la conciencia degradada, dormida, del ser humano, una conciencia antes limpia (la flor amarilla, emblema de la filosofía Beat y hippie), ahora corrompida y deteriorada (la flor amarilla sucia y descuidada que Ginsberg nos muestra, deshumanizada a través de la industrialización y las guerras).

¿Por qué una sola flor en el pavimento? Porque se ha abandonado la conciencia, el poder, la estructura establecida, la ha desprestigiado, ha hecho que la olvidemos, que la dejemos dormir. Conciencia abandonada, como esa flor amarilla que, solitaria, ha sido colocada ahí, a la intemperie en el pavimento de asfalto, perdiéndose su belleza con la fealdad del mundo, su injusticia, sus guerras, su suciedad, su poder. Los versos /Una flor yacía sobre el heno en/ la autopista de asfalto/ me hacen imaginar una flor cansada en la lucha, la belleza dormida, lo humano dormido, la conciencia dormida, reposando, sin poder echar a andar. La flor de heno, que tradicionalmente se ha utilizando como calmante del dolor, como un efectivo analgésico y relajante muscular parece funcionar en el poema como símbolo de esa conciencia adormecida de la gente de la que hablo. Una flor fea, sucia, manchada y áspera; la que nos deja la industria y la guerra, el mal del mundo del que se contagia, en definitiva.

/-La temible flor de heno/ pensé- (…)/ continúa Ginsberg. Temible es quizás que la flor despierte, que las conciencias despierten, que crezca la flor, que crezcan y se manifiesten las conciencias, que la flor de heno suelte su polen, que se propague el pensamiento de anhelo de libertad de las conciencias; temible es para el poder que se extienda ese polen, temible es para el poder que existan conciencias despiertas. Conciencias despiertas que dan alergia al poder y que como el polen del heno se extienden.

/(…) tenía un/ frágil tallo negro y/ una corola de amarillentas espículas/ sucias como la corona de una pulgada/ de Jesús (…)/ prosigue el poema. Esa flor no es flor, no tiene pétalos, sino ásperas espigas., continúa la descripción por parte de Ginsberg esa flor “fea”. Según los evangelios, los soldados romanos colocaron la corona de espinas a Jesús durante su pasión con el fin de provocarle daño y dolor y también de humillarle nombrándole, como una burla, rey de los judío. Esta flor, que es una flor que un día fue bella y ahora es fea, lleva esa corona de espinas: la conciencia humana se ha visto humillada y dañada a través de la negación de la libertad de expresión, del racismo, de la homofobia, de la guerra y de la industrialización.

La flor tenía también /(…) una manchada/ y seca borla central de algodón/ como una brocha de afeitar usada/ que hubiera estado rodando por/ el garaje durante un año/. La flor, la belleza (no en un sentido estético sino humano) está descuidada, ha sido tirada “ahí”. La borla, que es la denominación asignada al utensilio que sirve para aplicar el maquillaje, se encuentra seca, inutilizable: ya no hay lugar para más maquillaje, para aderezar lo feo y lo sucio, sino que las cosas se presentan tal y como son, sin adornos ni atavíos.

/Amarilla, flor amarilla, y/ flor de la industria/ dice Ginsberg. Porque esta flor de heno es, como he dicho, la conciencia degrada que nos ha dejado la industria, la guerra y la sociedad norteamericana. El poema continúa: /¡aún siendo una espinosa y fea flor,/ flor sigues siendo,/ con la forma de la grande y amarilla/ Rosa de tu cerebro!/. Este verso me hace evocar la imagen de las pequeñas flores que, en ocasiones, emergen por entre las grietas de las aceras derruidas: crecen en “lo feo”, crecen, a veces, feas ellas también, y manchadas, pero siguen siendo flores. Si continúo con el paralelismo que he mantenido a lo largo de todo el análisis identificando esa flor con la conciencia humana, esto verso tiene para mí el siguiente sentido: “aunque estés dormida, conciencia, aunque no luches por la libertad, ni sepas ver lo que está mal en el mundo, aunque te hayas degradado, sigues siendo conciencia; sigues siendo una conciencia determinada por lo que tu mente piensa, y lo que tú piensas, cuando no ha sido manipulada por el poder o influencia por la estructura y los convencionalismo, es lo más hermoso”. ¿Qué sitio mejor para que algo bonito resurja en el mundo que el propio cerebro? La verdadera flor es la que tenemos en la mente. Ginsberg se refiere al cerebro denominándola como la más hermosa, tradicionalmente, de las flores: /Rosa de tu cerebro!/.

/Esta es la flor del Mundo/: La flor del mundo es la mente, lo que pensamos, lo que nada ni nadie nos podrá jamás arrebatar, lo que compone nuestra esencia: la capacidad de decidir, de rebelarnos, de pensar. Algo necesita ser cambiado y esa capacidad, la mente, se necesita despierta para poder cambiarlo. La búsqueda de visiones y revelaciones no está reservada sólo a aquellos que pueden darle expresión literaria o artística, sino que debe ser compartida por todos los que se rebelan contra toda forma de autoridad u organización social, que desean aguzar los sentidos para enriquecer su propio diálogo con la existencia. Ginsberg muestra en el poema un mundo que se halla encaminado a su propia destrucción y en el que son necesarias respuestas renovadas: toda forma de conocimiento que permita ampliar las fronteras de la percepción y, para ello, las conciencias han de despertar.

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