RETALES DEL PASADO. Parte 1

Una mañana, la señora Cerezo entró en casa contando que, dirección a Barcelona y sin poder conciliar el sueño, había salido del vagón para caminar un poco y había visto algo espantoso. El abuelo me susurró escondiendo la boca tras su tazón de descafeinado con leche (ése que solía beber a cucharadas a la hora del desayuno): “las viejas son fáciles de impresionar”.

He pasado estos días tratando de traer a mi mente la imagen que describía la Señora Cerezo, pero se muestra difusa, afectada por el paso de los años. El pasillo de un tren de madrugada, el reflejo de la luna tiritando en un rincón de la pared, subiendo poco a poco hasta llegar al techo y perdiéndose en la nada que las vías van dejando tras de sí. Ni comprendí entonces ni comprendo ahora por qué la señora Cerezo se había asustado tanto. Por un momento pensé “habrá visto un milagro” (he de aclarar que todo esto aconteció en una época en la que mis seis años estaban convencidos de que un milagro era una aparición fantasmal y fea que aparecía cuando la gente estaba triste y que siempre llevaba sábanas blancas y cadenas). El abuelo decía: “Los milagros no existen, tonta”. Y yo me quedaba conforme con el dictamen de quien era para mí la voz absoluta de la casa. Bueno, me quedaba conforme, sobre todo, porque me convenía; sus palabras eran para mí mucho más que un seguro de vida en el que me garantizaba que jamás recibiría tormentosas visitas nocturnas protagonizadas por seres maliciosos cuando me hallase sola en la habitación. Hasta donde mi razón recuerda, la palabra “milagro” desapareció inmediatamente de mi cabeza.

Un día, cuando mis amigas empezaron a hacer la catequesis y me intentaban dar envidia contándome lo bonitos que eran los vestidos que iban a llevar el gran día, descubrí, entre incordio e incordio, que un milagro no era aquello de lo que tan convencida yo había estado. Y cuando me dijeron que en catequesis les hablaban de los milagros, yo les contesté muy satisfecha, fiel a las palabras de mi abuelo, y con ganas de tocar las narices yo también un poquito: “¡Los milagros no existen! Tontas, tontas, tontas”. Y aquella tarde las madres de esas niñas chinchosas y de lacitos insoportablemente cursis en el pelo llamaron a mi madre, y yo no sé qué le dijeron a mi madre, pero el caso es que mi madre me pidió que no hablara más de milagros con esas niñas. Y el conflicto de los milagros se esfumó de mi mente, así, de repente, de la misma forma que lo haría él un año después.

Elisa Pelayo. 

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