RETALES DEL PASADO. Parte 3

A veces le pedía al abuelo que me subiera a sus hombros. Me encantaba cómo se sentía todo desde ahí arriba, el vértigo que producía en mi cuerpo el hecho de crecer, retando al riesgo de poder caer. De pronto él ya no venía a hacerme crecer y nadie parecía capaz de explicar el por qué.

Cada día, cuando escuchaba encenderse el fuego de la cocina, bajaba las escaleras para buscarle. Me encantaba esa hora del día. Yo corría en calcetines por toda la casa, bajaba las escaleras agarrándome con fuerza a la barandilla y me sentía veloz. Yo misma me decía “Tengo que ir más rápido que ayer”; me parecía que nunca teníamos suficiente tiempo para jugar a las muñecas. Y subíamos los dos, más lentamente, yo siempre delante, cogiéndole del brazo. Le miraba curiosa, porque estudiaba cada escalón que pisaba y siempre subía primero con el mismo pie. Llegábamos a mi cuarto. Él siempre se pedía ser el príncipe. Escondía su voz ronca, áspera, y aparecía un hombre contundente y joven. Sabía que era absolutamente obligatorio que estuviera enamorado de la princesa y siempre me ayudaba a recoger las muñecas. Las peinaba un poco el pelo, entrelazando sus dedos en la melena de plástico, y deslizándolos poco a poco. Las colocaba en el baúl alisando la falda minuciosamente, estirando bien sus brazos y piernas para que cupieran todas. Les quitaba los zapatos porque luego siempre se perdían y los guardaba en una cajita de madera oscura. Y ahora tengo esa caja aquí, conmigo. Cuando se fue decidí dejar de ponerles los zapatos porque eran algo que quería conservar siempre. “Hay que tener siempre los pies en la tierra” decía, y yo pensaba que lo que en realidad había que tener en la tierra eran los zapatos, que eran mil veces más bonitos y que no dejaban que te hicieras daño con las piedras del suelo.

A mí me encantaban los zapatos. Lo que más me gustaba de los zapatos era el ruido que hacía el tacón sobre la madera. Cuando lo escuchaba siempre pensaba en el sonido de una maquinaria perfecta, de las agujas de un reloj, de la primera chispa que produce una bujía. Y me gustaba coger los zapatos de mamá, colocarlos en mis manos y repiquetear el suelo con ellos durante un largo rato. El sonido del taconeo era un sonido de mayor y yo quería ser protagonista de ese sonido pronto. El abuelo siempre me preguntaba, ¿cuál prefieres, el derecho o el izquierdo? Y no recuerdo por qué, y me da rabia, elegía el zapato derecho. El lado derecho de las cosas para mí siempre ha sido algo así como el lado bueno. Yo no sabía diferenciar con facilidad la derecha de la izquierda, y el abuelo me enseñó un truco muy bueno: tocarme con el pulgar el lateral del dedo corazón; el dedo en el que no notara nada raro pertenecía al lado izquierdo, y el dedo en el que notara un bultito pertenecía al lado derecho. El bultito me había salido cuando aprendí a dibujar y aún hoy lo sigo teniendo porque nunca aprendí a coger bien el lapicero.

Elisa Pelayo.

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