RETALES DEL PASADO. Parte 4

Yo no entendía por qué se había marchado. Ni siquiera podía marcharse, era demasiado viejo y débil como para hacer la maleta y acarrearla a algún lugar. Mamá decía que estaba en un sitio en el que las maletas no pesan. Pero un día se me ocurrió abrir su armario, y ahí seguían todas sus camisas, sus corbatas, sus zapatos, y yo me pregunté qué narices habría metido en la maleta. Le pregunté a la abuela:

– Oye, tata, ¿tú qué crees que ha metido en la maleta el tato?

– ¿De qué maleta hablas, hija?

– De la que se ha llevado a algún lugar, pero que no pesa.

Recuerdo su expresión hundida, los ojos mojados, cada día más pequeños, escondiéndose poco a poco tras su párpado anciano. A pesar de mi inexistente conciencia de lo que estaba ocurriendo, un impulso me hizo darle un abrazo, y rompió a llorar.

Abuelo

Yo seguía bajando las escaleras hacia la cocina, a la misma hora de siempre, pero ya no corría. Un día oí a la abuela hablar. Tenía la voz frágil, quebrada, cómo si le hubieran arrebatado alguna cuerda vocal y tuviera que arreglárselas para seguir hablando de la misma manera.

– No quiero pensar que está muerto.

Entré. La abuela miró hacia otro lado y mamá se cubrió el rostro con el delantal.

– ¿Qué es estar muerto?

Mamá tapó la cacerola, se desató el delantal manchado de tomate y vino hacia mí:

– A veces, las personas se van y duele.

– ¿Y por qué se van entonces mamá?

– Pues porque se hacen mayores y tienen que ir a un sitio donde poder descansar. Ya no les podemos volver a ver, pero si cierras los ojos con fuerza, con muchísima fuerza, Cristina, te das cuenta de que siguen estando ahí.

– ¿Qué se ha llevado el tato en la maleta mamá? ¿Se ha llevado esa fuerza para poder vernos a todos?

– Claro. Para saber que estamos todos aquí y que nos acordamos de él.

– ¿Y fotos? ¿Se ha llevado fotos mamá?

– También, hija, también. Se ha llevado muchas fotos.

– Entonces el tato está muerto, ¿no mamá?

– Sí, hija mía, está muerto.

Un fin de semana habíamos ido a Asturias porque era la boda de la nieta de una prima segunda de mi abuela de la que yo nunca había oído hablar. Era un día gris. El abuelo y yo compartíamos paraguas. Me daba la impresión de que tenía goteras. La lluvia caía muy fuerte. El abuelo me cogió en brazos para que no me manchara de barro los zapatos nuevos de charol que mamá me había comprado; pero tuvo que devolverme al suelo a los pocos segundos porque mamá y la abuela le regañaron. Seguimos caminando. Le agarré fuerte la mano. Me impulsaba. Me ayudaba a saltar los charcos más enormes y profundos.

Elisa Pelayo.

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