Asunción de ti.

Hemos llegado al crepúsculo neutro 
donde el día y la noche se funden y se igualan. 
Nadie podrá olvidar este descanso. 
Pasa sobre mis párpados el cielo fácil 
a dejarme los ojos vacíos de ciudad. 
No pienses ahora en el tiempo de agujas, 
en el tiempo de pobres desesperaciones. 
Ahora sólo existe el anhelo desnudo, 
el sol que se desprende de sus nubes de llanto, 
tu rostro que se interna noche adentro 
hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa. 

Mario Benedetti.

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Lasitud.

Me limpio el sudor de la frente con los dedos; los dedos viejos de un niño de doce años. Frunzo el ceño y protejo con una mano mis ojos, que me escuecen por el sol de las tres de la tarde. Alzo la vista. Unos veinte chavales y mujeres partiéndose el lomo, y mi madre a lo lejos. La miro. Su tez arrugada y morena, casi negra. Su mirada cansada. Su figura encorvada, que se pierde entre el polvo cuando golpeo la azada contra la tierra.

 

Elisa Pelayo.

 

Claro de luna.

Cuando la joven preguntó por él, los médicos no daban crédito; su primera visita en diez años, y decía poder curarlo. Era una muchacha bajita, de proporciones delgadas y gráciles. Su cabello era negro y su tez morena, un conjunto sencillo y común. Habría pasado desapercibida de no ser por sus ojos, ambarinos y centelleantes, profundos y expresivos. Quizá fue su mirada la que dotó sus palabras de credibilidad. Cuando le vio sus ojos no pudieron contener las lágrimas, ni sus labios un esbozo de sonrisa leve y sincera.

Elisa Pelayo.

El árbol de la ciencia

En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad. No aceptaba derechos ni prácticas sociales.

Pío Baroja. 

Él.

Recuerdo el sonido de las herraduras sobre los adoquines, los cocheros de largos bigotes, como salidos de otra época, a Johann Strauss de fondo, y brindis al ritmo de la música. Charles con traje de chaqueta, el codo apoyado sobre la mesa y tocando con el lado exterior del dedo índice su labio, levantaba la otra mano para llamar al camarero. Supongo que de primero pediría Fritattensuppe o Gulasch. Mi marido querría haber ido a un heuringen, beber vino blanco y estar, como dijo él después de tres minutos dentro, desentumecido. Pero yo quería ir al Die Wienerin. Ahora Charles apoyaba los dos codos en la mesa, tenía los dedos entrelazados y al sonreír se le marcaban dos hoyuelos en las comisuras de los labios. Ella era joven; la piel  de sus brazos era muy blanca, el pelo largo y rubio, delgada, esbelta. Guapa. Al mover los hombros los tirantes del vestido le resbalaban por el brazo, y Charles se los colocaba mirándome. Mi marido bebía agarrando la copa con la palma de la mano y yo deslizaba los dedos suavemente contorneándole la pajarita. Carlos, de improviso, soltaba una carcajada, y su compañera otra y a él le brillaban los ojos. Se levantó de la mesa y se dirigió al baño. Yo dejé de acariciar el cuello de mi marido.

Elisa Pelayo.