RETALES DEL PASADO. Parte 5

No sé de donde emerge el afán de un niño por saber y saber. Sin frontera que valga, pasando por encima de cualquier límite que se le quiera imponer. Una voz inocente que siente que debe crecer. Yo por aquel entonces sentía mi vida como un caleidoscopio. El abuelo me regaló tres o cuatro. En el último yo veía dinosaurios, nubes, rascacielos, árboles enormes… Ahora veo jirones de colores alargados. Qué sensación más extraña la que se produce cuando ves un dibujo que pintaste de pequeño. Uno de esos paisajes, con una casa a la derecha con sus dos ventanas, su puerta y su chimenea. Dos o tres colinas, un sendero que las cruza y un par de niños caminando por él. Varias flores mal coloreadas, y un sol grande, que a penas se deja entrever tras una nube. No quiero ponerle nombre.

Algo que envidiaba del abuelo es que él siempre tenía respuesta para todo. Cuando le preguntaba el significado de palabras extrañas él sabía como salir del paso: me contaba una historia larguísima, yo lo entendía todo y era capaz de usar esa palabra constantemente durante los próximos quince días. Cuando aprendí lo que significaba “cautela”, yo comía con cautela, caminaba con cautela, hacía los deberes con cautela, cantaba con cautela… Sentía que me encantaba hacer las cosas con cautela, me sentía inteligente, culta. Me sentía mayor.

Él nunca hacía regalos comunes. No de esos que perdiste o nunca abriste, que olvidaste en un tren o ni siquiera aceptaste. Regalaba caleidoscopios, pelotas de papel de periódico y cinta de embalar, cuentos y tiempo. Él tampoco pedía nada sofisticado. Varios años después encontré en la antigua mesilla de mi abuela su cartera guardada entre muchos papeles. Dentro, un pedazo de papel impoluto. Era un dibujo mío que yo no recordaba haber garabateado. Mi nombre y el suyo por detrás.

Miro la foto del abuelo en el aparador. Al lado la de mi padre. No sé cuando fueron conscientes de lo que era la muerte, de su cercanía, ni siquiera si llegaron a serlo alguna vez. Nunca les pregunté. Yo, cada día me siento un poquito menos inmortal. Me gustaría decírselo y que me abrazaran los dos con sus brazos trémulos y flacos diciéndome “Todo va a ir bien”. Quiero que nunca se me pierda su voz, recordarla siempre; guardarla, quizás, en una caja de madera oscura. Debería haberlo hecho con todas las voces que se han ido yendo. Aparece mi niña por la puerta, ajena, y se acerca a la foto de papá:

– ¿Por qué te has muerto tontorrón? Con todo lo que yo jugaba contigo.

Elisa Pelayo.

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